Cuento: Nando va a la ciudad

Este es un pequeño cuento humorístico que escribí para un concurso en Sedice con el cual conseguí ganar. Leyéndolo ahora reconozco todos los errores de forma y de expresión. Igualmente he dejado el mismo hasta con las faltas de ortografía con las que lo envié. Lo hice en unas pocas horas y lo entregué tal cual para llegar en plazo. Cualquier texto escrito con una determinada extensión tendrá siempre faltas si el que lo corrige es siempre el que lo escribió. Vaya mi homenaje a los correctores de estilo y traductores, muy poco valorados, muy mal tratados y muchas veces mal entendidos.

Nando va a la ciudad

Era una noche oscura. En el bosque el silencio llenaba cada rincón. De repente un aleteo. Un golpe sordo y un grito siniestro. Entonces comenzó la transformación. Poco a poco las negras y podridas alas fueron desapareciendo, las cortas y ganchudas patas se fueron estirando y unos brazos crecieron mientras se oían horrendos crujidos. Las grandes orejas peludas sin embargo, permanecieron. Finalmente un rostro quedó reconocible, era Nando, el Conde Nando. Un rictus enmarcaba su cara, un hilo de sangre caía de la comisura de su boca y otro hilo más abundante partía de su frente. Era el cuarto árbol contra el que chocaba aquella noche.

Su sed de sangre era inmensa. Aunque se había alimentado abundantemente, la vuelta a casa tan accidentada casi le había dejado seco de nuevo. Pensó en seguir cazando pero decidió dejarlo. El amanecer estaba a punto de llegar y no quería arriesgarse. Su padre le tenía prohibido salir hasta tan tarde. Su padre. Siempre su padre. Nando tenía ya 125 años y quiso abandonar el nido paterno, desde que aprendió a volar, pero su padre, el Conde Sánimo no le dejaría hasta que no fuera un vampiro adulto. Se quedó un rato sentado en el suelo del bosque mientras la herida cicatrizaba sola. Su padre le había avisado que oír el iPod mientras volaba le dificultaría usar su sónar de murciélago. Pero pensó que con el volumen bajo no pasaría nada. Quizás si redujera más sólo los agudos…

Cuando llegó a casa su madre estaba ya en el ataúd pero su padre le esperaba colgado en completa penumbra.

— ¿De dónde vienes a estas horas? ¿No ves que está a punto de amanecer? ¿Sabes el miedo que tenía tu madre? ¡No son horas de estar revoloteando por ahí!

— Pero papá, si he llegado bien. Es que me han lia’o.

— ¿Que te han liado? ¿Y a qué hueles? ¡Ven aquí! ¿Qué has estado bebiendo? ¿No habrás vuelto a beber sangre de cordero, no?

Sánimo se acercó a Nando y agarrándolo por el cuello comenzó a olfatearle el rostro.

— ¡Has bebido sangre de cordero! ¡Te lo he advertido millones de veces! ¡Si matamos humanos nos dejarán en paz pero si comenzamos a matar corderos empezarán a investigar, vendrán veterinarios, biólogos y creerán que hay una plaga con lo que examinarán todo el terreno milímetro a milímetro, pondrán sensores, sacarán fotos, acamparán … ¡No quiero otra leyenda de Chupacabras aquí!

— ¡Pero papá no quiero ir a la ciudad! ¡Apesta! ¡Soy muy sensible a los olores y tengo arcadas cuando estoy allí!

— Mira hijo. — Dijo su padre ya calmado. — No podemos cazar a los del pueblo porque sería muy evidente. La ciudad es nuestro territorio de caza ideal. Nadie mira a nadie, zonas abandonadas, la red metro, personas solas y ahora con el botellón, todo son facilidades. Lo del olfato es algo pasajero, lo olvidarás con los siglos. Antes era muy útil porque había pocos humanos y estaban desperdigados pero ahora que viven en corrales o ciudades, no lo necesitamos.

— Está bien papá. Mañana te prometo ir.

Su padre se emocionó y a sus ojos asomaron unas lágrimas de sangre. — Bueno Nando, ahora vete a tu mazmorra y ten cuidado, tu madre aún recuerda a tu hermano Voción y su problema de insomnio. Siempre tiene sus cenizas cerca.

Nando fue cabizbajo y arrastrando los pies hasta su mazmorra. Ir a la ciudad al día siguiente no le apetecía nada. Pero no podía volver a engañar a su padre.

Estaba comenzando a anochecer cuando su padre le despertó.

— ¡Abajo Nando! — Como muchos adolescentes daba tantas vueltas en el ataúd que a veces acababa colgado de una viga. — Ya está anocheciendo y tienes que prepararte. Recuerda que me prometiste ir a la ciudad a beber sangre humana.

— Pero papá, si apenas es de noche. Si hay luz por todas partes.

— Un vampiro responsable no espera a que se vaya el último rayo para levantarse. Más de un familiar tuyo ha salvado su vida por despertarse un poco antes de que el sol se pusiera y además le clavaran una estaca en ese momento. Así que ve adquiriendo buenas costumbres que ya no eres una cría.

Se alisó la ropa y comenzó a revisarse la dentadura con los dedos, uno de los problemas de ser vampiro es que no hay forma de usar espejos para verse los dientes, ni nada. Puedes pasarte siglos con una mancha en la capa que si alguien no te avisa no te enteras. Una noche tuvo mala suerte y mordió a 2 diabéticos, su padre le gritó de tal forma sobre los problemas de caries y lo que representan para un vampiro que no había dejado examinárselos cada amanecer.

Finalmente se hizo completamente de noche. Su padre y él coincidieron en la misma ventana para partir, primero lo hizo su padre que dando un elegante salto, extendiendo los brazos y se transformó sin perder la elegancia en la postura. Cuando su padre estuvo ya lejos saltó Nando. Nando saltó con demasiada fuerza y esto hizo que estuviera de espaldas al suelo cuando comenzó la transformación, como los murciélagos vuelan con dificultad de espaldas, Nando intentó girarse pero la transformación no ayudaba al cambiarle el centro de gravedad continuamente. Finalmente a medio metro del suelo consiguió extender las alas y agitarlas para remontar vuelo. Su padre a modo de recordatorio le había puesto marcas en el suelo en los lugares donde se había estrellado otras veces. A los pocos minutos ya había sobrevolado la última de las marcas, aunque en otras direcciones habían más lejanas.

Nando comenzó a volar hacia la ciudad. Tardaría una hora en llegar. A los 20 kilómetros ya estaba cansado. Con unos aleteos parsimoniosos se acercó a una carretera comarcal. Se posó en uno de los márgenes y se transformó en el adolescente que era. Había decidido no llegar hasta la ciudad. Intentaría parar algún conductor solitario y almorzárselo. Sólo tenía que tener paciencia y esperar. Se puso a andar mirando ambos márgenes esperando que hiciera aparición su víctima. Llevaría veinte minutos cuando vio aparecer unas luces. Le hizo señales mientras se acercaba y tuvo suerte. Se paró a los pocos metros. Se acercó al mismo y por la ventanilla abierta otro joven solitario le preguntó si iba a la ciudad. Le respondió que sí y feliz subió al mismo pensando que podría tomar sangre humana sin tener que ir a la ciudad y así cumplir con los deseos de su padre.

— Sube, sube que acabo de salir del pueblo y voy a pasar noche en la ciudad

— Gracias, eres el primero que aparece en la carretera.

— ¿Qué hacías solo por aquí? ¿Vives en alguna casa cercana?

— Bueno, sí, digo no, bueno, vivo cerca, en Morcillas de Arriba — Era el pueblo más cercano al castillo que ocupaban. — Y aburrido del pueblo decidí ir a la ciudad.

— Morcillas está lejos para haber venido andando.

— Es que me gusta andar. Pero al ver el coche pensé que ya había volad… andado suficiente.

— Ya veo.

Se hizo el silencio durante unos minutos. Nando estaba a punto de saltar sobre él cuando el chico le preguntó.

— ¿Quieres ver algo alucinante?

— ¿Ver yo algo alucinante? ¿Quieres ver tú de verdad algo alucinante? — Contestó Nando con una medio sonrisa pensando en la cara que pondría cuando abriera la boca y sus largos colmillos se dirigieran a su garganta.

— No, no. Tú vas a alucinar.

— ¿A sí? ¿Apostamos? — Contestó Nando relamiéndose.

— Muy bien. ¿Quién alucina primero al otro?

— Empieza tú. — Dijo Nando riéndose interiormente ya que cuando el chico alucinara con él, sería lo último que haría en su vida.

— Muy bien. Voy a aparcar aquí. Tápate los ojos.

Nando se tapó los ojos sonriendo porque con el coche parado ya lo tenía todo hecho. Claro que también tenía curiosidad. El otro no era otro vampiro porque habría notado el olor perfectamente. No sabía qué le querría enseñar creyendo que le iba alucinar. Volvió a sonreír.

De pronto pegó un salto en el asiento. Una música a un volumen que hacía temblar los cristales comenzó a sonar y multitud de luces se encendieron dentro del coche. Su cara de horror apareció cuando a sus pies, por el techo y en los bordes de las puertas luces de neon ultravioletas se encendieron. El coche comenzó a saltar al ritmo de la música ensordecedora mientras Nando comenzaba a quemarse vivo. A duras penas logró abrir la puerta y salir a gatas. Se internó en el campo y se transformó en murciélago para salir volando. Debajo quedaba el coche tuneado como una discoteca iluminando y ensordeciendo la noche. A lo lejos unos perros comenzaron a aullar. Nando también oyó unas ovejas. No dormiría con el estómago vacío, pero antes, aterrizó, la canción del coche seguro que la tenía en el iPod.

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